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VOZ, La historia de Mika. Cuento I. El reinado de Mika

© 2026, La autora. Todos los derechos reservados.

ISBN: 978-607-29-9880-3

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Cada Mañana 

 

La mañana despertaba como todos los días en Miral, un reino próspero al norte de esa tierra. Su reina, la reina Mika, se asomaba por el balcón de su palacio saludando a todo el pueblo que la miraba desde los sembradíos y granjas. Como cada tercer día por la mañana, la reina Mika entonó con su bella voz su canto para el reino.

 

Al expandirse su canto por la región, todas las flores se erguían, los campos se tornaban fértiles y comenzaban a dar sus frutos. Los animales se fortalecían y el agua eliminaba cualquier impureza que tuviera. Las montañas y volcanes se mantenían arrullados con esa bella voz y continuaban durmiendo evitando así temblores y erupciones. Ese era el don de la reina Mika: con su voz, que era única en el reino, hacía conexión con la naturaleza para transformarla a su solicitud. Con su don podía cantar cualquier canción, realmente no importaba la letra, lo que importaba era su voz y el sentimiento con el que cantara. Si la reina Mika cantaba alegre y con entusiasmo, las plantas rebosarían verdes; si cantaba triste, los animales se desanimarían; si cantaba estresada, la tierra se descontrolaría causando temblores. Así eran los efectos de los sentimientos de la reina al entonar una canción. 

 

Ella podía elegir cualquier canción, pero a la reina Mika le gustaba escribir sus propias canciones. No era una gran escritora, de hecho, había canciones que había escrito y que resultaban tan malas que, a pesar de su bella voz, la letra avergonzaba a sus oyentes. La primera vez que escribió una canción, fue para la primera cosecha de cacao en el reino. Un anciano de un pueblo vecino había venido a ofrecer semillas para plantarlas y cultivarlas por primera vez en Miral. La reina Mika escribió para la ocasión una canción sosa y sin sentido. Cuando la cantó, las caras de los asistentes expresaron su incomodidad a tan mala letra a través de sonrisas fingidas; sin embargo, esas sonrisas fueron volviéndose reales conforme veían que germinaban las semillas al final de la canción. De esa forma, por primera vez se dio el cacao en Miral y se comenzó a cultivar en el reino, a la vez que la reina Mika se dio fama de ser muy mala compositora.  

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Adiós reina Marie, hola reina Mika

 

La reina Mika había heredado este poder de su madre, la antigua reina Marie. El don del canto pertenecía solo a las mujeres de la familia real. Solo ellas eran quienes tenían el don, ya que la voz femenina tenía la sensibilidad suficiente para conectar con la naturaleza, mientras que los hombres conectaban con ella a través de su fuerza corporal al labrar la tierra o trabajar el acero. El don era heredado solo a una de ellas. Cuando la vejez alcanzaba a la reina en curso, la siguiente heredera desarrollaba el don para poder tomar el trono y continuar invocando a la naturaleza. En ocasiones el don no se heredaba en línea directa, sino que lo heredaba la sobrina o prima segunda; eso significaba que esa persona sería la nueva reina y no la hija de sangre de la reina en curso. Bajo este sistema el don decidía quién sería la siguiente reina dentro de la estirpe real. 

 

La reina Mika era una jovencita a la que comúnmente se le catalogaba como «simple». Su apariencia era modesta, nada llamativa; usaba fleco y con su pelo castaño y lacio al hombro, daba la impresión de ser una niña buena. Su tez era blanca como la de su padre, y su nariz respingada como la de su madre, quien era de tez morena. A diferencia de otras soberanas, la reina Mika se vestía discretamente y usaba la corona solo cuando era obligatorio por protocolo. Gustaba de usar siempre una larga capa café con capucha que le cubría la mayor parte de su vestimenta y cabeza, así se sentía cómoda al no mostrar mucho de sus ropajes, además de que tenía bolsillos internos donde guardaba golosinas y frutas. La reina Mika era un poco despistada al hablar y contaba con un gran sentido del humor que le hacía siempre ver el lado gracioso o positivo de cada situación. Su corta edad hacía que fuera una reina tranquila y con muchas ilusiones en el futuro. 

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La madre de Mika había perdido el don al llegar a una edad madura, aunque no era tan vieja como otras reinas cuando lo perdieron. La mañana en que la reina Marie perdió su voz había comenzado como de costumbre; ella entonó su canto a todo el reino, pero se dio cuenta de que no surtía efecto ni en las cosechas ni en los animales. En ese momento ella elevó sus notas más alto, pero no logró nada. Mientras más lo intentaba, la reina Marie más veía que tenía menos conexión con la naturaleza. Los pobladores, que cada mañana escuchaban el canto de la reina como un himno para comenzar a trabajar, al ver que no pasaba ya nada, soltaron un triste alarido de decepción. La reina Marie en ese momento se dio cuenta de que su don se había ido. Su corazón le dolió diciendo: «ha llegado el momento», y con la mirada triste volteó a ver al rey Julus, su esposo, que estaba detrás de ella como cada mañana. Ella le extendió la mano acercándose a él, quien la recibió con una mirada comprensiva y con expresión cariñosa le dijo: —Fuiste la mejor de todas. La reina Marie abrazó a su esposo rápidamente escondiendo su rostro en su pecho y soltó su llorar cual niña que ha perdido su juguete. El rey la abrazó a manera de consuelo, pero el llorar de la reina Marie no paró hasta que la sorprendió el ruido de los aplausos y gritos de agradecimiento de todo el pueblo; cada habitante que había presenciado ese momento comprendía lo que sucedía y en símbolo de despedida para su reina, todos aplaudieron y le agradecieron por el periodo de bonanza que les había dado. 

 

La reina Marie, al saber que su don se había ido, convocó a todas las mujeres de la familia real para informar que había perdido su voz y revelar quién había heredado el don como decía la tradición. El ritual era un proceso sencillo pero preciso: cada mujer debía cantar a una flor marchita, aquella voz que hiciera revivir a la flor, sería la elegida. El día del ritual todas las mujeres de la familia se reunieron; sin embargo, no fue necesario que todas se sometieran a la prueba, pues antes de comenzar el ritual, Mika, junto con sus primas, contaba bromas en el fondo del salón y de ella salió una melodiosa risa que hizo de inmediato florecer a la flor marchita que se encontraba a lo lejos. En ese instante la reina Marie se sintió alegre de saber que era su propia hija quien había heredado el don, pero también se sintió impresionada al darse cuenta de que era uno de los dones más poderosos que había visto en la historia de la familia, al haber hecho florecer a la flor a la distancia.

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